El espetón

52410_homing_pigeonMi muy amado pueblo:

Espero de corazón que Pocasplumas, nuestra última paloma mensajera, sí consiga, por la gracia de Dios, haceros llegar la presente misiva, a diferencia de sus veintinueve predecesoras, que, por un motivo u otro, fracasaron en tal cometido, o, al menos, eso hemos de concluir, pues… ¿qué otra explicación podríamos dar a la falta de respuesta por vuestra parte?

En el futuro, hemos de extremar nuestra diligencia en el adiestramiento de estas aves, cuya aportación a nuestra misión sólo puede calificarse como “una gran cagada”, y no sólo en sentido metafórico, pues es tal su afán por defecar a todas horas que parecen desafiar las leyes de la naturaleza, llegando a evacuar siete u ocho veces su peso a lo largo de cada jornada.

Más allá de esta asombrosa capacidad para la provisión, y de su apetito voraz, los dichosos pajarracos han resultado del todo inútiles. Que el Espíritu Santo eligiera materializarse en tan vil alimaña da buena muestra de los insondables misterios del Señor.

Sea como fuere, tal como os detallaba en las citadas epístolas, nuestra incesante labor evangelizadora nos ha llevado a tierras ignotas, allende los mapas; tierras exuberantes, bendecidas por el Señor con abundante fauna y flora salvaje; tierras -eso sí- del todo inhóspitas para el ser humano.

Inhóspitas en lo que se refiere a su habitabilidad (lo que ha complicado enormemente nuestra labor, pues la ausencia de personas dificulta sobremanera el menester de la evangelización), pero también en lo que hace a su mero tránsito, hecho que ha originado ligeras perturbaciones en la rutina de la expedición.

***

Queridos hermanos, recuerdo con añoranza los días que pasamos juntos alabando al Señor, y el júbilo que nos embargó la noche en la que (inspirados por el vino) sentimos palpablemente su llamada, urgiéndonos a propagar Su Palabra por todos los rincones de la Tierra.

¡Cómo olvidar el vivo entusiasmo con el que aceptamos la encomienda! ¡Cuén profunda satisfacción cuando fui designado (quizás por mi figura esbelta y mis cabellos dorados, características propias de los grandes profetas) líder del grupo de misioneros que habría de llevar a cabo tan alta empresa!

Partimos a la mañana siguiente, casi sin dormir, ansiosos por conseguir nuestras primeras conversiones.

Las jornadas iniciales de nuestro viaje transcurrieron entre manifestaciones de gozo y cantos de alabanza al Señor, y aunque no pudimos convertir a nadie, pues los pocos que encontramos eran ya devotos, el hermano Melindres jalonaba nuestro paso con pétalos de amapola, y el hermano Ursulino nos deleitaba tocando el laúd, por lo que terminábamos todos dejándonos llevar por la algarabía.

***

Las dificultades se iniciaron poco después, cuando topamos con una encrucijada que no figuraba en nuestro mapa (una maldita servilleta garabateada por el hermano Temblores diez minutos antes de nuestra partida), y nos hizo dudar sobre el camino a seguir.

No hallando motivo para optar por una u otra opción, decidimos encomendarnos al Señor y lanzar una moneda del aire, con la convicción de que Él nos guiaría por la senda correcta. A esa encrucijada siguió otra poco después, y a esa otras muchas, planteando incontables disyuntivas que fuimos solventando por idéntico procedimiento.

Resultado de tal estrategia, el paisaje se fue tornando más lúgubre, el camino más angosto, la maleza más tupida. El suelo pasó de seco a encharcado, y de ahí a completamente pantanoso. Cuando nos quisimos dar cuenta, estábamos cubiertos de lodo hasta la cintura, situación harto incómoda, no sólo porque nuestro avance resultase ralentizado, sino porque hicieron aparición innumerables cangrejos, que, al verse atrapados bajo nuestras túnicas, trataban de liberarse pellizcando incesantemente nuestras partes más recónditas.

Continuamos a duras penas la marcha, confiando en que aquellos padecimientos no fueran sino el prolegómeno de un desenlace dichoso, pero hubimos de desdeñar esa idea poco después, cuando el camino dejó de ser camino para devenir, todo él, en pura ciénaga.

El caos no pudo ser mayor, pues hacía rato que se había hecho de noche, y, además de no ver, el fango nos llegaba por las orejas, y los cangrejos seguían haciendo de las suyas.

Como resulta, perdimos todas nuestras pertenencias y víveres, y también al hermano Chaparro, quien, por medir dos palmos menos que el resto, seguramente se vio envuelto en problemáticas singulares, que prefiero no evocar.

Que Dios lo tenga en su gloria.

Decidimos abortar la misión, y desandar la maraña de encrucijadas que nos habían traído hasta allí, pero en algún punto nos desorientamos, y ya nunca dimos con la senda original.

Rogamos al Señor que nos iluminase, pero Él no tuvo a bien dar respuesta a nuestras plegarias, a menos que por tal respuesta puedan entenderse las tormentas que estallaron a continuación, el certero rayo que fulminó al hermano Efímero, o el soponcio que, del puro disgusto, sobrevino al hermano Melindres.

***

Durante los días siguientes, nos dedicamos a buscar una salida, explorando cada camino, cada senda y cada vereda que pudimos vislumbrar.

Un atisbo de esperanza se abrió cuando uno de esos desvíos nos llevó al pie de una montaña. El hermano Pánfilo, entusiasmado, proclamó que nos encontrábamos ante una señal divina, y que debíamos subir a la cima, pues las cumbres de las montañas son lugares reservados para los más grandiosos hitos del Señor.

A falta de mejores opciones, iniciamos la ascensión, pero lejos de acontecer nada grandioso, el camino simplemente se fue estrechando, hasta el punto en que, para seguir avanzando hubimos de caminar de lado, con la espalda muy pegada a la pared, intentando, por todos los medios no mirar abajo.

¡Una auténtica pesadilla para el hermano Cayo, que en mala hora fue a descubrir que padecía de vértigos! En cuanto sopló una leve brisa, se precipitó a plomo, siendo la suya una desgracia del todo inútil, pues tan sólo unos minutos después de caer (arrastrando con él al propio hermano Pánfilo, que trató de echarle una mano in extremis), el camino se terminó, desembocando en un acantilado, de modo que tuvimos que volver sobre nuestros pasos sin haber alcanzado la cima.

Exhaustos tras el descenso, nos entregamos, por pura inercia, a un deambular errático, pues no teníamos conciencia de estar dirigiéndonos a ningún sitio en concreto, ni confiábamos ya en salir de allí con vida.

En un inesperado arrebato de espontaneidad, el hermano Ursulino se arrancó de nuevo a tocar el laúd, hecho que crispó los nervios del hermano Rufo, quien, sin mediar palabra, le endosó un mamporro que lo dejó seco. Nadie se lo reprochó.

Tras vagar sin rumbo durante días, terminamos llegando a un desierto. Para entonces, éramos poco más que muertos vivientes. Nuestro estado era tan lamentable que apenas advertíamos el calor abrasador, la sed insoportable, la pesadez de nuestros pasos sobre la arena. Sin comida, ni agua, ni esperanza… sólo nos quedaba esperar el final.

Por eso, cuando apareció ante nuestros ojos un hermoso lago de agua cristalina, di por sentado que se trataba de un espejismo.

Pero entonces, el hermano Mantecas, haciendo acopio de energías, tomó carrera y echó a correr como un enajenado, y de un brinco impresionante, se zambulló en el agua, al grito de “¡bomba va!”, desalojando una gran cantidad de líquido, parte del cual fue a parar a mi rostro, en forma de minúsculas gotas que resultaron salpicadas, devolviéndome la vida por unos instantes, el tiempo suficiente para contemplar al hermano Mantecas emerger de las aguas como una Venus, observar como miles de pirañas, que infestaban el lago, se abalanzaban sobre él, despedazándolo en décimas de segundo, y desplomarme inconsciente sobre la arena del puro jamacuco.

***

Mis queridos hermanos, quizás hayáis escuchado que cuando uno muere, toda su vida pasa frente a sus ojos a gran velocidad, y que mientras las imágenes se suceden, se atraviesa un túnel, al final del cual hay una luz, que aquellos que servimos al Señor sabemos que es la luz eterna de Nuestro Salvador.

Debo deciros que a mí no me sucedió nada de esto. No vi pasar toda mi vida, aunque sí se me representó una escena muy concreta de mi infancia: la de mi madre cocinando carne, de venado, o de jabalí, sazonada con especias y vino blanco. ¡Era mi comida favorita! Su sabor me enloquecía, pero su aroma… era incluso mejor, y ahora podía percibirlo sin ninguna dificultad.

Di por hecho que había muerto, y me encontraba en el Paraíso, y que aquellos efluvios provendrían del banquete que se debía estar preparando en mi honor. Me figuré que el Señor saldría a recibirme, y me invitaría a su mesa, y que una recua de angelotes tocarían el arpa y que, todos juntos, daríamos cuenta de aquellos manjares que sublimaban mi olfato.

Entenderéis fácilmente que cuando abrí los ojos, la estampa resultase decepcionante, pues me hallaba en un lecho de paja, dentro de una rústica edificación, fuera de la cual se oía un gran bullicio, como de gentío.

Me levanté con dificultades, pues me encontraba muy débil, y me dirigí hacia lo que parecía una puerta, momento en que tomé conciencia de hallarme encadenado de pies y manos, de modo que podía moverme mínimamente por la estancia, pero no alcanzar la puerta.

Así que me estiré todo lo que permitían las cadenas, componiendo una postura tan inverosímil como poco decorosa, que me permitió bascular mi cuerpo de modo tal que alcanzaba a otear furtivamente el exterior por un agujero en la pared.

No sabría decir si tanto esfuerzo mereció la pena, pues lo que vi provocó, literalmente, que me cagara encima, lo cual, habida cuenta de la posición en la que encontraba, no fue fácil de gestionar.

Allá afuera había una marabunta de negros, ataviados con minúsculos taparrabos, saltando los unos sobre los otros, y arremolinándose alrededor de una hoguera, ejecutando una especie de danza ritual, un tanto caótica -todo sea dicho-, pues cada uno parecía ir a lo suyo.

Es seguro que estaban todos locos, pues el que no se convulsionaba, poniendo los ojos en blanco, reptaba cual serpiente sobre brasas incandescentes, o se desgañitaba tocando el tambor.

Semejante aquelarre me llevó a considerar la posibilidad de que me encontrase en el infierno, opción que descarté por dos motivos. El primero es que he entregado toda mi vida al Señor, dando la espalda a la tentaciones, por lo que no tendría ningún sentido que, tras mi muerte, fuese castigado a la condenación eterna como un vulgar pecador. El segundo motivo es que, como ya he dicho, me había cagado encima, prueba irrefutable de que estaba vivo, pues no concibo indicio más claro de vida, y aún de buena salud, que el proveer con la abundancia y color con que yo lo hice ese día

Estirándome todavía un poco más, hasta el mismo límite de la luxación, pude divisar que aquellos diablos estaban cocinando algo en la hoguera… ¡Que el Señor me perdone, pero aquel delicioso olor que me subyugaba no procedía de ningún venado o jabalí… sino del hermano Rufo, quien, ensartado en un espetón y con una manzana en la boca, estaba siendo asado a la parrilla en su propia grasa!

¡A buen seguro, aquellos malditos habían comenzado asando al hermano Rufo, que, por estar más entrado en carnes, hacía mejor bocado, y a mí me habían dejado allí prisionero, quién sabe si para cebarme y aumentar mi suculencia, o si para infligirme algún insufrible tormento!

Finalmente, se ha impuesto la opción del insufrible tormento, pues lejos de hacer de mí un churrasco (hecho que, al fin y al cabo, hubiera puesto fin a mis padecimientos), los muy energúmenos han decidido (quizás por mi figura esbelta, y mis dorados cabellos, características propias de los grandes profetas), que resulto un bocado de lo más apetecible, sí, pero para saciar una muy distinta clase de apetitos, a los que (dada la extraña ausencia de mujeres en la tribu) no venían dando cumplida satisfacción.

¡De modo que ahora mis días transcurren en cautiverio, recibiendo a todas horas las acometidas de estos diablos, siempre prestos a experimentar nuevas formas de ensartar al misionero en el espetón!

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***

Queridos hermanos, debo confesaros que la sucesión de calamidades en las que me he visto envuelto, me han empujado a cuestionarme algunos aspectos de la voluntad divina.

Entiéndaseme bien, como apóstol del Señor, soy plenamente consciente de lo inescrutable de sus designios, que yo mismo me he encargado de proclamar hasta la saciedad… Sin embargo, en esta hora gris, no puedo evitar preguntarme la razón de que Él (alabado sea) no haya tenido a bien favorecernos con la más mínima intercesión, ni atender ninguna de nuestras súplicas, y, en cambio, sí haya creído oportuno sumirnos en este infame carrusel de desdichas… ¡máxime si tenemos en cuenta cuál era el objeto de nuestra misión!

Y es que uno podría asumir el castigo con cierta resignación si nuestra voluntad hubiese sido la de acudir a una bacanal, o acaso frecuentar una mancebía, pero, coño… ¡si es que lo único que pretendíamos era difundir Su Palabra! ¡Hacer propaganda de su puñetero producto! ¡Gratis!

Sé que no hago bien en atribularme con estas cuestiones, que no hacen más que aumentar mi desazón, pero es que, oye… ¡que no pedíamos que se abriese el jodido Mar Rojo para nosotros, o que se convirtiesen en sangre las aguas del Nilo!¡Sólo que se nos guiase por un puto sendero perdido de la mano de Dios (nunca mejor dicho), para poder así servirle con mayor eficacia!

Reconozco, hermanos míos, que estos son los pensamientos que me azoran en los momentos de flaqueza.

No es menos cierto que otros ratos me es dada la iluminación, y comprendo que dichas inquietudes no son sino susurros del Maligno, que pretende que me derrumbe y reniegue de mi fe.

¡Mas no lo conseguirá!

¡Pues es sabido que el Señor no da puntada sin hilo, y si ha dispuesto las desventuras que ha dispuesto, ha sido, sin duda, para poner a prueba la fortaleza de mi fe! ¡Y habiendo yo demostrado que la misma es firme como las montañas, es seguro que ahora no me abandonará a mi suerte, pues también es sabido que Dios aprieta pero no ahoga, y así como ordenó a Abraham sacrificar a su propio hijo, pero envió un ángel para detenerlo en el último momento, así obrará algún milagro de última hora para rescatarme de este martirio!

Es voluntad inequívoca de Dios sacarme de este entuerto, y aunque Él mismo, por ser Todopoderoso, podría solventar el tema personalmente, apenas con un pestañeo, no es menos cierto que Dios no suele ser partidario de este tipo soluciones rápidas, sino que gusta de enrevesados mecanismos para llevar a cabo su voluntad, llegando en ocasiones a valerse de nosotros, sus hijos, como su herramienta, porque es generoso, y, de ese modo, nos da la oportunidad de compartir su gracia.

Y en este punto aparecéis vosotros, pues… ¿de qué mejor herramienta podría valerse Dios para obrar el milagro de mi rescate que de vosotros, mis muy queridos y añorados hermanos?

Efectivamente, tal es la Buena Nueva que quería transmitiros, y que he querido dejar para el final para dejaros con buen sabor de boca.

¡Podéis alegraros, pues el Señor os ha elegido para llevar a cabo una gran hazaña!¡Aleluya!

¡Debéis acudir a mi rescate! ¡Es la voluntad del Señor! ¿Quién somos nosotros para cuestionarla?

¡En verdad, no era justo que toda la gloria de esta misión recayese en mí, y es mi voluntad, y por ende, la de Dios, el compartirla con vosotros!

¡Amén!

***

Así pues, os conmino a actuar con la máxima premura. El tiempo corre en nuestra contra, pues debido a las embestidas que soporta mi anatomía, no sería raro que en cualquier momento me pudiese descoyuntar.

Dado que, como he dicho, nos extraviamos, no puedo daros indicaciones precisas de cómo alcanzar mi ubicación. Pero, ahora que Dios está tan fehacientemente de nuestro lado, no deberíais tener problemas para localizarme por el sistema de la moneda, siempre y cuando mantengáis la precaución de tomar la decisión “al mejor de 3 tiradas”, para aseguraros de captar, sin interferencia alguna, las instrucciones del Señor.

Es fundamental que no escatiméis en efectivos, y que vengáis armados hasta los dientes, pues mis captores son guerreros fornidos, lo que no debe preocuparos, aún cuando vosotros seáis una raza más bien endeble, sin ninguna experiencia en combate, pues así como joven David hizo, con una honda, morder el polvo al gigante Goliath, así vosotros seguro hallaréis la forma de doblegar a estos bárbaros con vuestros tirachinas, cucharas, o lo que sea.

¡Recordad que no existe arma más poderosa que vuestra fe!

¡No os dejéis amilanar por las incesantes tormentas, los temibles tornados, el ardiente sol, las bestias salvajes, las arenas movedizas, las plantas urticantes, las escarpadas montañas o los resbaladizos precipicios!

¡Y, si en algún momento os sentís tentados a desfallecer, recuperad el brío al recordar que vuestra hazaña quedará grabada para siempre en las páginas de mi futuro Evangelio, cuyo primer borrador tengo ya muy avanzado!

Os doy las gracias, de corazón, por hacerme este favorcillo… ¿que sería de mi sin vuestra inquebrantable lealtad? Sólo tengo palabras de admiración y agradecimiento para vosotros, mis queridos hermanos. Ni que decir tiene que cualquier rencilla que hubiésemos podido tener en el pasado queda más que amortizada.

Me despido ya, pues querréis partir de inmediato, y no deseo causaros más retraso. ¡No dejo de pensar en el gozo que me producirá nuestro reencuentro!

Ya sólo me queda rogar al Señor para que Pocasplumas, nuestra última paloma mensajera, sí consiga, por la gracia de Dios, haceros llegar la presente misiva, a diferencia de sus veintinueve predecesoras, que, por un motivo u otro, fracasaron en tal cometido, o, al menos, eso hemos de concluir, pues… ¿qué otra explicación podríamos dar a la falta de respuesta por vuestra parte?

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