El delantero poseído por el ansia

futbolistaImbuído de una fortaleza a todas luces sobrehumana, el delantero (sabedor de que con un gol más ganaría el trofeo pichichi) golpeó el balón con tanta violencia que hemos de felicitarnos de que su disparo no tomase la dirección de la portería, pues semejante obús hubiese barrido del mapa al portero.

Buena parte del público creyó, en un primer momento, que la pelota se había desintegrado por la brutalidad del impacto. Pero no. Tal y como se puede apreciar en las grabaciones, el esférico sale propulsado hacia arriba, dejando una estela de fuego tras de sí, atravesando la estratosfera, y golpeando varios satélites (esto lo sabemos porque buena parte de Asia se quedó sin televisión, justo la noche en la que se emitía la final de “Gran Hermano” en la India, lo que derivó en numerosos disturbios).

En un momento dado, el balón comenzó a descender. Entonces nos dimos cuenta de que, mientras habíamos estado mirando al cielo, el delantero, como una exhalación, había acudido a rematar su propio centro, pues desde el principio ésta había sido su intención, al no fiarse de que ninguno de sus compañeros le fuera a hacer un pase en buenas condiciones.

Con la posición ganada, remató de cabeza a placer, resultando trágicamente aplastado, pues debido a la energía cinética que había acumulado el balón durante su caída, el efecto del choque sobre su cabeza fue similar al de 500 tractores John Deere.

Quiso la caprichosa fortuna que el balón saliera despedido del lance y fuese a entrar en la portería.

El árbitro no perdió la ocasión para significarse, y en un alarde de insensibilidad, anuló el gol.

Jugadores, cuerpo técnico y aficionados de ambos equipos, horrorizados y conmovidos por la sangrienta escena, se lanzaron a protestar airadamente, exigiendo que el tanto tuviera validez, a modo de homenaje póstumo.

Pero el colegiado se mantuvo inflexible, justificando su decisión en el acta del partido con las siguientes palabras: “Sintiéndolo mucho, si bien es cierto que en el momento en el que el jugador remata todavía ostenta la condición de persona (y, por lo tanto, estaría legalmente capacitado para anotar un gol), no lo es menos que en el momento en el que efectivamente el tanto se produce -tan solo una fracción de segundo después-, no puede ser ya considerado persona, sino, a lo sumo, cosa (dicho sea con el máximo respeto), siendo imposible imputar a una cosa la autoría de un gol”.

La enseñanza que nos deja este episodio es clara: un científico puede vivir toda su vida sin pisar un teatro, pero un dramaturgo no puede evitar estar sometido a las leyes de la física.

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