¿Quién es el último?

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Resulta inquietante la cantidad de personas (con frecuencia mujeres de edad avanzada y constitución similar a la de un aspirador roomba) que se acercan, con gran sigilo, a quienes aguardan pacíficamente en los mercados de abastos, y les abordan súbitamente, como si les conociesen de toda la vida, interrogándoles acerca de quién ocupa el último lugar en una supuesta lista de espera para adquirir alimentos.

Y resulta inquietante, no sólo por el hecho de que la respuesta es obvia (el último es, precisamente, la persona que pregunta), sino porque la información requerida se antoja completamente irrelevante a efectos del proceso de aprovisionamiento.

Es de perogrullo que quienes ya se encontraban en las inmediaciones del puesto cuando hace su aparición el que pregunta, ostentan un derecho más antiguo que él para avituallarse, mientras que cuantos puedan ir llegando después, ocuparán una posición postrera.

Bastaría, pues, con un vistazo somero a la concurrencia presente en el momento de la propia llegada para determinar la posición de uno mismo respecto al grupo, no obteniéndose utilidad adicional alguna de la identificación del individuo concreto que nos precede.

Más aún, en caso de dirigir nuestra atención hacia alguna de las personas presentes en este contexto, lo lógico sería hacerlo hacia las que pudieran hacer su aparición después que nosotros (a efectos de evitar el vil fenómeno de la colación), y no hacia las que nos anteceden, cuyas circunstancias vitales nos resultan indiferentes.

Pero lo cierto es que nadie pregunta “¿quién será el siguiente?” (cuestión que, por otra parte, plantearía algunos problemas metafísicos, al entrar en conflicto con nuestra concepción del espacio-tiempo) sino “¿quién es el último?”*.

*También cabe la posibilidad de que utilicen la fórmula “¿quién da la vez?”, proposición igualmente absurda, pues “la vez” no es susceptible de ser dada, sino que se adquiere automáticamente, por infusión espontánea, con el mero acto de presencia.

Ante este fenomenal sinsentido, hemos de concluir que existe una intención oculta en quienes vienen interrogando de este jaez. Pero… ¿cuál? ¿Quiénes son estas personas en realidad? ¿Para quién trabajan?

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A falta de una explicación lógica, hemos de contemplar posibilidades extraordinariamente sibilinas, como la de que estos curioseadores sean agentes al servicio de los poderes fácticos, marionetas de gobiernos y servicios de inteligencia, auténticos “charlies” de ultramarinos llamados a controlar nuestros más nimios movimientos, monitorizando nuestro orden de llegada a la charcutería e incorporando esa información a una base de datos, quién sabe con qué oscuras intenciones.

Tampoco resulta descabellado suponer que estos fisgones malandrines puedan estar elaborando un registro de voces a escala mundial, grabando nuestras respuestas con micrófonos ocultos. Tengamos en cuenta que en un 99% de los casos, la única respuesta que admite su pregunta es un escueto “yo”, palabra con la que fácilmente se podría amañar una autoinculpación mediante una sencilla manipulación sonora. ¿Casualidad? Juzguen ustedes mismos.

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Hipótesis distintas (pero no más tranquilizadoras), sugieren que nos encontraríamos ante una fase temprana de invasión extraterrestre, durante la cual, algunos especímenes del tipo “ladrones de cuerpos” estarían sustituyendo, paulatinamente, a individuos de la especie humana, constituyendo las palabras “¿quién es el último?” algún código secreto entre los impostores, o peor aún, un sortilegio que provocaría que quien resultase preguntado cayera inmediatamente rendido al control mental de los invasores, de tal suerte que, de ahí en adelante, pasase, también, a ejercer de interrogador cada vez que se le presentase la ocasión.

Igual que el vampirismo o la licantropía, el mal de preguntar “¿quién es el último?” se transmite de los atacantes a sus víctimas, comprometiendo seriamente la supervivencia de la especie humana.

En las películas, los invasores suelen hacen gala de un desmedido afán de notoriedad, acudiendo al encuentro de nuestros líderes políticos, o devastando, con gran estrépito, los lugares más emblemáticos de las grandes ciudades

En el mundo real, lo lógico es que la invasión comience por entornos más discretos, como los mercados, donde les resulta más sencillo pasar desapercibidos, observar nuestras costumbres, y hasta interactuar con nosotros, con la excusa de averiguar quién es el último.

Ante la magnitud de esta amenaza, resulta imprescindible que cada uno de nosotros tomemos medidas para detener la invasión. Proponemos el siguiente protocolo de actuación en caso de enuentro con uno de estos seres:

1. Ante todo, debemos evitar ser preguntados, por lo que, en cuanto veamos llegar a cualquier sujeto sospechoso, procuraremos alejarnos del mismo, confundiéndonos entre la gente, tratando de pasar inadvertidos, culebreando si es preciso, siempre alerta a cualquier posible movimiento a nuestras espaldas, pues entre dos o más invasores podrían desplegar una maniobra envolvente, y sorprendernos por detrás, preguntándonos a traición.

2. Si no podemos evitar que nos pregunten, trataremos de hacernos los despitados, como si la cosa no fuese con nosotros, confiando en que desistan de su actitud y se dirijan a otra persona, siempre manteniendo las máximas precauciones (¡esto es importantísimo!), pues si llegaran a sentirse descubiertos, podrían reaccionar de manera inesperada, lanzado rayos láser por los ojos, o convirtiéndose abruptamente en velociraptores.

3. En caso de que persistan en su hostigamiento, no intenten hacerse los héroes. No sabemos con seguridad a qué nos enfrentamos, por lo que no hay que tener reparos en salir huyendo precipitadamente.

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4. Sólo en el caso de que la huída no resulte posible (por ejemplo, si resultamos emboscados), debemos reaccionar de manera contundente. Cuando la confrontación es inevitable, conviene proyectar una imagen de firmeza, pues mostrarnos débiles sólo reforzaría su convicción de invadirnos. Por eso es que llegados a este punto, optaremos por la fórmula “¡tu puñetero padre, marciano cabrón!”, que será pronunciada enérgicamente al mismo tiempo que clavamos nuestra mirada en los ojos del alienígena, manteniéndo una expresión impertérrita, sin pestañear ni un ápice durante el tiempo que dure la afrenta.

Esto debería ser suficiente para desconcertarles, y quizás (¿quién sabe?) para amedrentarles, al percibirnos como una especie potencialmente hostil, mucho más inteligente de lo que habían previsto.

5. Sin embargo, hay otros factores a considerar en una situación como ésta, no ya relativos a los extraterrestres, sino al resto de civiles que guardan cola, quienes, de manera bienintencionada, ajenos a la batalla entre el Bien y el Mal que se está librando ante sus mismas narices, podrían interpretar la conducta descrita como un agravio contra [lo que perciben como] una pobre anciana, no siendo extraño que nos pudieran infligir algún bolsazo, o incluso reducirnos por la fuerza y entregarnos a la policía.

Como ven, todo tipo de peligros nos acechan en las situaciones más insospechadas. Por ello, les conminamos a permanecer vigilantes.

Tengan mucho cuidado ahí fuera.

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2 comentarios sobre “¿Quién es el último?

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