La dignidad de las cosas

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Se suele decir que vivimos en un mundo materialista, y, ciertamente, el anhelo de poseer bienes de toda índole juega un papel destacado en el conjunto de las motivaciones humanas.

Sin embargo, este materialismo contemporáneo se limita a la veneración de los objetos en tanto en cuanto resultan novedosos, pues a medida que van incurriendo en obsolescencia (algo que cada vez sucede con mayor premura), pierden toda nuestra consideración, hasta el punto de verse cruelmente despojados de su dignidad.

Resulta paradójico comprobar como se promueven todo tipo de actos conmemorativos, maratones solidarios y cuestaciones anuales para salvaguardar el bienestar de personas enfermas, animales maltratados o ecosistemas amenazados, mientras millones de objetos, entes inanimados y seres inertes son abandonados a su suerte cada día, olvidados por la solidaridad interontológica.

Pensemos en el caso de un teléfono móvil, ingenio paradigmático de nuestros días. En el momento en que adquirimos un ejemplar de última generación… ¿qué hacemos con el antiguo? Tal pregunta, inevitablemente, nos remite a otra: ¿puedo sacar algo por él?

Si la respuesta es sí, lo vendemos, probablemente por un precio miserable. En caso contrario, ese teléfono, gracias al cual mantuvimos durante años el contacto con nuestros seres queridos, el mismo a través del cual recibimos las noticias que largamente habíamos esperado, terminará en un indecoroso cubo de basura, entremezclado con todo tipo de residuos infectos, o, peor aún, condenado al ostracismo del cajón que nadie abre, auténtica fosa común de los utensilios desdeñados.

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Mercantilización, defenestración u olvido. Tales son las opciones para el objeto cuyos días de gloria se perdieron en la memoria de los tiempos.

Cuando compramos cualquier cosa, podemos hacerlo por muy distintas razones: porque la necesitamos, porque creemos que su detentación aumentará nuestro estatus social, por mero capricho… Son muchos los motivos posibles, pero todos tienen algo en común: la ilusión. La ilusión que, cual flechazo de Cupido, nos hace perder la razón cuando, por primera vez, vemos la cosa en el escaparate; la misma que nos embarga al retirar, nerviosamente el envoltorio que la recubre; la misma con la que orgullosamente la estrenamos para desconcierto de nuestros vecinos; y la misma que se desvanece en el momento de jubilarla sin contemplaciones, sin honores, sin dignidad.

Sentenciará el iluminado de turno que las cosas no son susceptibles de tener dignidad, pero… ¿quiénes somos nosotros para decidir tal cosa? ¿Qué sabemos en realidad de los objetos con los que convivimos a diario? Un lápiz de madera podría contener la esencia del árbol al que perteneció. Un cubo de fregona, la de infinidad de seres vivos que hubieron de descomponerse para dar lugar al petróleo del que se extrae el plástico. La petaca que sostengo quizás contenga átomos de mi tatarabuelo. El amable lector podría devenir en merchandising del Betis más pronto que tarde.

Los objetos que nos han servido fiel y satisfactoriamente debieran ser retirados a un lugar de privilegio, elevados al Salón de la Fama de los utensilios, y celosamente custodiados, cual si de preciados trofeos se tratase. Pero, hete aquí, que si a alguien se le ocurriere mostrar tales deferencias, rápidamente la sociedad le señalará por ello, tachándolo de demente y achacándole el denostado “síndrome de Diógenes” (omitiendo, torticeramente, que el susodicho fue un prominente intelectual).

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Sólo existe una esperanza para el objeto que ha cumplido su ciclo de vida útil: llegar a ser considerado vintage. Pero tal distinción se otorga muy restrictivamente, bajo criterios caprichosos y harto cambiantes, siempre sujetos a los vaivenes de las modas. Y en cualquier caso, suele recaer sobre objetos revestidos de una cierta extravagancia o histrionismo, excluyendo, precisamente, a aquellos más cotidianos, que, cual leal mayordomo, nos sirvieron sin rechistar día tras día.

Quisiera poner el foco en un tipo de objeto a cuya dignidad faltamos no sólo en el momento de su obsolescencia, sino durante toda su vida útil. Estoy hablando, naturalmente, del calcetín.

Es innegable que existe una penosidad inherente a la propia finalidad teleológica del calcetín, que no es otra que la de envolver nauseabundos pies de personas. El calcetín sufre las consecuencias de la transpiración de las palmas de los pies. Por poco que uno sude, no es un trance agradable. Y si el propietario de los pies es de sudoración generosa, la situación subsiguiente sólo puede calificarse de “sindiós” (no se entienda esta reflexión como una crítica generalizada al pie, fuente de interesantes fetichismos).

Sucede con frecuencia que los calcetines se comercializan en packs de tres, cuatro o más pares.

En el momento en que los calcetines son adquiridos, cada uno de ellos tiene una pareja que le fue asignada en la fábrica. Una pareja concreta, única, y perfectamente identificada.

Ese par de calcetines probablemente provienen de una misma bobina de hilo, han sido elaborados a la vez, han sido empaquetados juntos, y juntos han viajado en camión desde la fábrica hasta la tienda. Han compartido destino desde su mismo nacimiento, desde su propia concepción. Existe un vínculo íntimo y trascendente entre un calcetín y su pareja primigenia.

Sucede que los calcetines terminan mezclados en la lavadora, y en el momento de ser reagrupados en parejas, no se presta atención a que la pareja del calcetín sea precisamente la misma que era, por lo que casi siempre termina siendo otra, y así los calcetines son obligados a coexistir con otro calcetín extraño hasta el siguiente lavado, tras el que nuevamente se le asignará otra pareja aleatoria, y así sucesivamente hasta el final de su vida útil (seguramente a causa del temido tomate).

De este modo, los calcetines se ven arrojados a un constante sinvivir, a un determinismo caótico, a una promiscuidad forzosa, a la perpetua incógnita de con quién tendrán que convivir al día siguiente, y a la profunda desazón de ignorar si alguna vez volverán a cohabitar con su pareja original.

En algunos casos, esta circunstancia puede llegar a ser liberadora, pero generalmente resulta traumática.

Por otra parte, no hay ningún tipo de reconocimiento para los calcetines. Otras prendas de ropa sí que gozan de este reconocimiento. Por ejemplo, no es raro que a alguien le digan (con mayor o menor grado de hipocresía) “¡qué bonito vestido llevas!” o “¡qué hermosos zapatos!”. Pero nadie dice “¡qué preciosos calcetines vistes!”. Los calcetines están condenados a un total ostracismo.

Es más, si por el motivo que sea nuestros calcetines no pasan desapercibidos, si alguien llega a pronunciarse sobre ellos, seguramente será para denigrarlos: “¡llevaba calcetines blancos!”.

El calcetín realiza una noble función, protege nuestros pies del frío.

¡Los pies! ¡Precisamente por donde se pillan todos los catarros! (como sabe todo aquel que tenga madre).

¡Los pies! ¡La base de nuestro cuerpo! (sin la cual, no cabe el exponente).

El calcetín sufre, hasta el punto de pagar con su propia vida, la falta de saneamiento de las uñas de nuestros pies. Así es como llega el devastador tomate. Ante el mismo, sólo caben tres actitudes:

    • Continuar usando el calcetín como si nada, dando pie (nunca mejor dicho) a una cruel agonía o, en el mejor de los casos, probar a cambiarlo al pie contrario, confiando en que el tomate, generalmente causado por el dedo gordo (no creo que quepa llamarle pulgar), no coincida (apelando a las leyes de la simetría) con ese mismo dedo del pie opuesto, lo cual, sorprendentemente, no suele funcionar, pues el tomate posee un desconcertante don de la ubicuidad.
    • Zurcir el calcetín, solución que en pocas ocasiones es llevada a la práctica, bien porque el propietario carece de las destrezas necesarias para llevar a cabo tal operación, bien porque considera que no merece la pena realizar el esfuerzo que requiere tal menester, existiendo (como existe) la posibilidad de sustituirlo por uno nuevo a un precio irrisorio.
    • Desechar el calcetín, alternativa elegida en un 99% de los casos.

En realidad, sólo existe un posible final digno para un calcetín: devenir en marioneta. Pero tal suerte se antoja utópica en los tiempos actuales, ya que los calcetines-marioneta son, lamentablemente, un juguete más propio de épocas de posguerra que de los tiempos que vivimos.

¿Qué puede hacer un puto calcetín frente a la Princesa Elsa o el Buzz Lightyear de turno?

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Abogo por un nuevo materialismo del Tercer Milenio que redefina la relación entre las personas y los objetos en base al respeto mutuo. Al fin y al cabo, los seres humanos nos extinguiremos algún día y el único legado que dejaremos serán nuestros objetos. El mañana les pertenece a las cosas. Nosotros somos el ayer. Respetemos a nuestras hermanas las cosas, más allá de su valor económico, o de su mera utilidad. Respetémoslas en cuanto que ítems del mundo. Reciclémonos nosotros. Arrojemos nuestra soberbia al contenedor amarillo.

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2 comentarios sobre “La dignidad de las cosas

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