Epístola a un merodeador

cartaEstimado merodeador:

Vaya por delante que me considero una persona respetuosa con la vida, no sólo con la de mis congéneres humanos, sino con la de cualquier ser vivo que pueda existir en este (u otros) planeta(s).

No le engañaré, es posible que, en alguna ocasión, haya pisado, accidentalmente, un caracol en la vía pública. Y, desde luego, no negaré haber profanado más de un hormiguero en mi infancia, unas veces con pequeñas ramas, otras con sofisticado armamento acuático.

Aunque pudiera escudarme que era joven y estúpido, ello no restaría un ápice de execrabilidad a mis acciones, por lo que no vacilo en reconocerme como un ser abominable, ni en clamar por el perdón de mis víctimas, por más que, a estas alturas, resulte un esfuerzo baldío.

Mi arrepentimiento ha llegado a tal extremo que he considerado la posibilidad de entregarme a las autoridades, y autoinculparme por tan reprochables conductas. Si no lo he hecho, ha sido porque destacados juristas me han persuadido de ello, ya que, a su entender, las mismas pudieran no encajar en ningún tipo penal, y en cualquier caso, a día de hoy, llevarían más de treinta años prescritas.

No hallando manera de reparar, a través de la justicia humana, los daños infligidos, he probado a someterme a la jurisdicción divina, convirtiéndome al catolicismo con el único fin de acceder al sacramento de la confesión y recibir, así, el perdón de alguien. Esta solución resultó igualmente insatisfactoria, pues al detallar al sacerdote los motivos de mi conciencia atormentada, interpretó que mis intenciones eran las de hacer mofa de su ministerio, por lo que, de muy malos modos, me expulsó de la iglesia.

cura cabreado

Tras los sucesivos fracasos, el suicidio se me ha antojado, en ocasiones, como el método más adecuado para canalizar mis sentimientos de culpa. Una solución exprés para reequilibrar “el karma”. Y, si bien he llegado a tensar una soga alrededor de mi cuello, me he asomado temerariamente al vacío desde un precipicio, y he colocado un revolver en el cielo de mi paladar, siempre he reculado en el último momento, al revelárseme in extremis que consumar tal acción hubiera sido un acto profundamente egoísta, sólo encaminado a poner fin cuanto antes el tormento de mi mala conciencia.

¡No! ¡Pecados como los míos merecen una penitencia en forma de larga vida, de modo que pueda avergonzarme frente al espejo cada uno de sus largos días! Así pues, he decidido seguir adelante con mi penosa existencia, procurando, eso sí, llevar a cabo cuantos pequeños gestos están a mi alcance para reafirmar mi compromiso con todas las formas de vida, dentro del pequeño reducto de universo sobre el que ejerzo algún tipo de influencia material.

Valga como ejemplo haber eliminado de mi dieta cualquier elemento de origen animal, abrazando los postulados del veganismo, lo que ha dado lugar a un estado de delgadez extrema, que, unido al tono ya de por sí blanquecino de mi piel, me confiere una apariencia enfermiza, o, por ser más preciso, fantasmagórica.

Por otra parte, me he afiliado a todas las asociaciones animalistas de las que he tenido noticia, a las que he donado todo mi patrimonio. Esto ha significado que tuviera que mudarme a un cuchitril de protección oficial de 20 m2 , cosa que he hecho con gusto, pues es más que suficiente para mis necesidades.

Una vez allí, he establecido una cordial relación con algunos individuos de especie arácnida que habitaban el piso antes de mi llegada. Y ello pese a que padezco aracnofobia desde que era un infante. Pero tras repetirme mil veces que tal afección se nutre de prejuicios absurdos, he decidido adoptar una política de “no-intervención” con respecto a tan simpáticos invertebrados, e incluso de acercamiento activo, llegando a dirigirme a ellos por nombres con los que les he ido bautizando. A una cierta distancia, eso sí.

Como consecuencia, mi (nuestro) hogar se ha llenado de telas de araña, que yo procuro no romper bajo ningún concepto, de manera que el apartamento ha adquirido un tono tétrico y algo lúgubre, como si estuviese habitado un vampiro, hecho que no me importa en absoluto, habida cuenta de que (como a estas alturas ya habrá adivinado) no suelo recibir visitas.

El buen trato que he deparado a las arañas ha atraído a mi hogar a otras especies tradicionalmente estigmatizadas. Las cucarachas han evidenciado una cierta querencia por mi cuarto de baño. Y, pese a que en un primer momento pueden causar una cierta repugnancia, no dejan de ser hermosas criaturas de este mundo, creaciones perfectas de la naturaleza, soldados de relucientes corazas prestos a sobrevivir al desastre nuclear. Todo eso merece un respeto. Por ello les permito que correteen y campen a sus anchas, se reproduzcan, y crezcan sin parar. Es “El Ciclo de la Vida” pero sin salir del WC. Un inusual privilegio.

roach_body

En mi afán por la causa animalista, no me he contentado con dar cobijo a unos pocos insectos. En una segunda fase de operaciones, he procedido a adoptar a cuantos animales en apuros son publicitados en las redes sociales. Perros, gatos, hurones, lagartos, todo tipo de roedores. A raíz de ello, se han deteriorado notablemente mis relaciones con la comunidad de vecinos, pues, según comentan, se ha apoderado de la escalera un olor muy similar al del guano, extremo que no puedo confirmar ni desmentir (pues mi sistema olfativo parece haber sufrido algún tipo de colapso), pero que me origina una cierta extrañeza, ya que la escasa cantidad de murciélagos que albergo no justificaría un hedor de la magnitud que describen.

Tras mi breve periplo como católico, ahora profeso la religión jainista, que defiende la igualdad de los humanos con todos los animales, incluso con formas de vida microscópicas. Al efecto de distinguir a estas últimas (para evitar pisarlas), me he hecho fabricar unas gafas de un millón de aumentos, cuyos cristales increíblemente gruesos resultaron ser excesivamente pesados para mi cuello, que se ha descoyuntado, de manera que luzco un collarín de forma permanente, el cual porto con orgullo, como justa humillación pública por mis iniquidades.

He incorporado a mis hábitos el de alimentar aves en el parque, lo que me ha valido los reproches de numerosos viandantes. Paso varias horas al día despedazando las anillas de plástico de los packs de refresco, que busco afanosamente en los contenedores de basura. Mis películas favoritas son “Jumanji” y “Liberad a Willy”, saga esta última cuyo grupo de Facebook administro personalmente.

Las que he detallado son sólo una pequeña parte de las medidas que he llevado a cabo para enmendar mis agravios para con el reino animal. Detallarlas todas daría pie a un escrito obscenamente largo. Usted juzgará si mis esfuerzos han sido suficientes. Yo le puedo decir que nunca estoy satisfecho, y sigo dispuesto a profundizar en mi coherencia, me cueste lo que me cueste, adaptando todas las acciones de mi vida a la causa de la biodiversidad. Pero en cualquier caso, a la vista del trabajo realizado hasta ahora, creo poder afirmar que he puesto “un poquito” de mi parte.

En cuanto a mi particular relación con usía, entenderá, tras todo lo expuesto, que en absoluto podría molestarme que haya adoptado la costumbre de personarse (o, en su caso, debería decir mosquitarse) en mi humilde morada cada noche, pues ya sabe que, como si del arca de Noé se tratase, aquí son bien recibidas todas las formas de vida.

Tampoco tengo nada que reprocharle sobre las extracciones de sangre que viene realizando regularmente de distintas partes de mi cuerpo. Entiendo que actúa conforme a su naturaleza. Usted se alimenta de sangre, yo soy un banco de sangre andante, y surge espontáneamente la simbiosis.

Adelante, aprópiese de todo mi plasma sanguíneo. Suyo es, y mío no. Se lo entrego feliz. Extráigalo de la parte de mi cuerpo que mejor le plazca. No se corte, invite a familiares y conocidos a hacer lo mismo. Instálese en mi domicilio de manera provisional o definitiva. Aquí hay sitio para todos.

Como ve, son muchas las facilidades que le ofrezco.

No suelo pedir nada a cambio de mis esfuerzos, pues los hago de manera vocacional. No obstante, y sin que sirva de precedente, me gustaría hacerle algunas observaciones acerca de las maniobras que usted y los suyos efectúan en el desarrollo de su operativa, y que me veo en la obligación de rechazar por excesivas, pues transgreden no ya las normas de cortesía exigibles, sino la mismísima Convención de Ginebra para tiempos de guerra.

Me refiero, en concreto, a la persistente costumbre de anunciar su presencia, a horas intempestivas, merodeando, en base a pequeños vuelos, las inmediaciones de mi oreja, donde ejecuta un innecesario alarde de potencia, al llevar sus alas al límite de su motricidad, de modo que se genera una vibración sonora insoportable que me despierta súbitamente, provocándome terribles sobresaltos, hasta el punto que se ha visto afectado mi sistema nervioso, dando paso a furibundos ataques de ira, durante los cuales aflora un instinto asesino que creía haber aplacado para siempre.

Por eso le pido, estimado merodeador de orejas, que abandone sus experimentos de vuelo, al menos en esas áreas conflictivas en torno a mis pabellones auditivos, pues supone para mí una indescriptible tortura, amén de innecesaria, habida cuenta de que usted no necesita despertarme en absoluto para servirse de mi sangre, y nada aporta, en rigor, al proceso de abastecimiento el hecho de alterar mi descanso.

Se aprecian, en este proceder, inequívocos indicios de alevosía, o, por mejor decir, de puro y duro hijoputismo, ya que su único sentido es el de molestar y quebrar mi integridad psicológica.

Por eso, y aunque haya consagrado mi vida a proteger a todas las especies animales, incluso las más denostadas, solicito la cesación inmediata de su comportamiento hostil, conminándole a que tome como referencia el patrón de actuación de las chinches, que hacen gala de una discreción exquisita, pues se ocultan durante el día, y emergen de noche, con gran sigilo, siendo la única evidencia de su actividad los numerosos eccemas que cubren mi piel a la mañana siguiente.

No sea cabronazo. No se jacte. No me importa si me deja sin sangre o si me inocula el dengue, la malaria o el ébola. Probablemente me lo merezco. Pero, por lo que más quiera… manténgase alejado de mi puta oreja. No lo puedo soportar. Es superior a mis fuerzas. ¿Por qué esa fijación? ¿Qué cojones quiere susurrarme?

oreja_01

De persistir en su actitud, me veré forzado a tomar algunas medidas de contravigilancia, como dejar la luz de mi mesilla deliberadamente encendida un rato antes de acostarme, buscando atraerle, mientras yo me escondo tras un armario, armado con un trapo de cocina convenientemente humedecido. Aunque por el momento sólo he probado tales estrategias con carácter experimental (sin que dieran ningún fruto), mal haría usted en confiarse, pues no le quepa duda que, llegado el caso (que todos deseamos que no suceda), idearé más y más sofisticados planes para darle caza, hasta convertirle en una mancha sobre el gotelé, sin perjuicio de mi compromiso con todas (las demás) formas de vida.

Y ahora, si me disculpa, me retiro a mis aposentos-granja, donde espero no tener noticias de usted hasta que mañana por la mañana me toque hacer inventario de las picaduras que, a buen seguro, adornarán mi maltrecha anatomía.

Sin otro particular, reciba un cordial saludo, y ándese con ojo, zumbiditos.

Firmado

Paco G.

Anuncios

4 comentarios sobre “Epístola a un merodeador

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s