El Origen de la Navidad

35202381En un lugar del lejano Oriente, de cuyo nombre no voy a acordarme (no porque no quiera, sino porque, en realidad, nunca nadie concretó cuál era el lugar, ni con respecto a qué se estimaba su supuesta lejanía), ha ya algún tiempo que vivían  tres monarcas, los cuales, además de regentes, se decían eminentes magos.

Y, como ya se sabe que quien mucho abarca poco aprieta, por querer ejercer de una cosa y otra al mismo tiempo, terminaban por no desempeñar propiamente ninguna de las dos.

Las responsabilidades de la regencia les resultaban exasperantes, al punto de que hubieran renunciado de buena gana a sus coronas, para entregarse a sus dos pasiones: la magia y la astrología.

Diciéndose incomprendidos, se refugiaban los unos en los otros, y se lamentaban por lo soporífero de los asuntos de palacio, y por el tiempo que les detraían, obligándoles a aplazar las actividades que despertaban su verdadero entusiasmo.

Naturalmente, esta actitud repercutía negativamente en la gestión de los reinos, y el malestar de la población amenazaba con concretarse en algún tipo de revuelta que, muy probablemente, les desalojaría del trono con los pies por delante.

Lejos de rectificar, los insensatos pasaban cada vez más tiempo reunidos, intercambiando sortilegios y alimentando sus sentimientos de desdicha.  Cada vez más alejados de un mundo empeñado en atosigarles con problemáticas que les resultaban ajenas.

Este creciente aislamiento provocó que, paulatinamente, fueran perdiendo la razón (suponiendo que alguna vez la hubieran detentado) y elevaran sus elucubraciones a cotas surrealistas. Valga como ejemplo que llegaran a convencerse de ser distintos del resto de los mortales, no ya por motivos de estirpe, sino en un sentido más elevado, proclamándose imbuidos de una naturaleza pseudodivina y extraterrestre.

En las calles el sonido era de sables, pero los infelices no hacían sino que consultar a las estrellas e invocar a entidades sobrenaturales, confiados en que las mismas (sus auténticos semejantes) no les abandonarían en su hora más crítica, y vendrían a rescatarles.

En estas andaban cuando una noche, barruntándose ya el fatal desenlace, uno de ellos observó en el cielo un destello que se desplazaba hacia el oeste, describiendo una trayectoria perfectamente elíptica, y dejando tras de sí una estela brillante y misteriosa.

Rápidamente, avisó a sus compañeros (que, en ese momento trataban de contactar con plutonianos a través de ondas mentales) y juntos convinieron que aquella luz era la respuesta a sus demandas. Lo que surcaba el firmamento no podía ser otra cosa que una nave alienígena que venía a salvarles de las algaradas.

estrellas con luz png (10) Considerando que no había tiempo que perder, decidieron salir tras la estela en ese mismo momento, dando por seguro que su  tripulación elegiría un lugar discreto para aterrizar, lejos de las miradas de súbditos embrutecidos.

Movilizaron a varios de sus pajes (así llamados porque… bueno, mejor vamos a dejarlo) y a una terna de camellos (en cuyas alforjas cargaron algunos presentes con lo que agasajarían a los rescatadores), y partieron de inmediato tras la luz, al tiempo que dedicaban ostentosos cortes de manga al nido de serpientes que dejaban atrás.

Tras varias jornadas de travesía, comprobaron con júbilo que el objeto comenzaba a descender. No cabían en sí de gozo.

Les extrañó, eso sí, que al tomar tierra, en lugar de hacerlo con delicada parsimonia, provocasen un monumental estrépito, impactando bruscamente contra el suelo y originando una formidable explosión, cuya onda expansiva les hizo, incluso, caer de sus camellos. No obstante, acordaron no dar demasiada importancia al hecho, ya que, al fin y al cabo… ¿quiénes eran ellos para cuestionar los procedimientos de inteligencias superiores?

Se acercaron a la zona del impacto, donde una densa humareda apenas permitía vislumbrar un enorme cráter en el terreno. Cuando el humo se disipó, nada identificaron a simple vista que se correspondiera con el aspecto de una nave espacial. Allí sólo había brasas y alguna roca incandescente.

Concluyeron que si no eran capaces de visualizar la aeronave, era porque estaba revestida con algún material de calidad marciana, que le permitía mimetizarse, causando su invisibilidad, por lo que ordenaron a uno de los pajes que descendiera al agujero y palpase concienzudamente el vacío, en pos de cualquier evidencia de vida inteligente o, en su defecto, de cualquier otra cosa.

Así lo hizo durante algunos minutos, ejecutando involuntariamente una ridícula danza a la que, de no ser por lo trágico de la situación, bien hubiera podido reconocérsele meritoria comicidad, pues, al tiempo que tanteaba el aire (cual mimo frente a espejo imaginario), se desplazaba por el interior del hoyo a base de pequeños brincos, apoyándose alternativamente en un pie y el otro, manteniendo a duras penas el equilibrio, para evitar quemarse con las ascuas todavía humeantes, mientras el resto de la comitiva, impertérrita, contemplaba sus maniobras.

Cuando hubo recorrido toda la superficie del cráter, se acercó al borde del mismo, desde donde los magos observaban, y, sin dejar de danzar en ningún momento, les confirmó lo que ya sabían:

– ¡No hay signos de vida, sus majestades! ¿Puedo salir ya?

Todavía trató uno de ellos, incapaz de asumir el fracaso, de argumentar que los extraterrestres posiblemente sí se hallasen allí, pero en un plano de intangibilidad momentánea, y que en los minutos siguientes se irían materializando progresivamente, por lo que conminó al paje a realizar un nuevo reconocimiento, y cerciorarse inequívocamente de que no había indicio de presencia alguna, encargo que cumplió a regañadientes, para terminar llegando a idéntica conclusión que en la ocasión anterior:

– ¡No hay vida en este lugar, sus majestades! ¡Ni inteligente ni estulta, ni material ni espiritual, ni extraterrestre ni autóctona! ¡Y yo salgo ya!

Y al tiempo que esto decía, se arrastraba penosamente fuera del boquete, cual croqueta rodante, sin que nadie le ayudase, maldiciendo por lo bajini, para, a continuación, desprenderse entre sollozos de su calzado (que ya se había fusionado parcialmente con la carne), y soplar, desesperadamente, lo que en un momento anterior habían sido las plantas de sus pies.

Nada de esto inmutaba, siquiera, a los magos, que permanecían inmóviles,  mirando al infinito, asimilando haber perseguido a un pedrusco, y haberse quedado sin lugar en el mundo al que acudir. Regresar no era una opción, pues si ya la situación se antojaba insostenible en el momento de su partida (con insurrecciones fraguándose por doquier), ahora que además eran desertores, no podían esperar nada bueno de un hipotético recibimiento.

En estas se hallaban, cuando la mirada de uno de ellos topó accidentalmente con un punto, a escasos metros, que habían obviado anteriormente, por hallarse inmersos en su particular odisea. Se trataba de una pequeña edificación en ruinas, donde se refugiaba una pareja de indigentes y un niño recién nacido, los cuales llevaban un buen rato observando, atónitos, las evoluciones de la esperpéntica expedición.

Atisbando un subterfugio para dignificar su misión (muy a última hora), los nigromantes se acercaron para entablar conversación con el que parecía ser el cabeza de familia:

– Disculpe, caballero… ¿no serán ustedes, por casualidad, entidades llegadas del espacio exterior?
– No señor, yo soy carpintero, y estos son mi esposa e hijo. El buey y la mula ya estaban cuando llegamos, pero no creo que vengan de tan lejos.
– Entiendo. y, esto… una cosilla… ¿qué me diría si le propusiese que hiciéramos creer a todo el mundo que este niño es, en realidad, el hijo de un dios y que su nacimiento nos fue señalado por una estrella?
– ¡De ninguna manera! ¡Puede que sea pobre, pero mantengo mi dignidad! ¡Proclamar que soy un cornudo para satisfacer los caprichos de usted son palabras muy mayores!
– No se preocupe por eso. Diremos que fue una paloma la que llevó a cabo la concepción.
– ¿Una paloma? ¡Habrase visto! ¿Qué clase de pervertidos son ustedes?
– De los que van cargados de oro, incienso y mirra.
– ¿Oro, dicen? ¡Ahí ya empezamos a entendernos!
(Y se entendieron). pigeon_PNG3426 Nada sabemos, a ciencia cierta, de la suerte que corrieron los tres monarcas tras los sucesos descritos, ya que, a partir de este punto, las informaciones de que disponemos provienen de rumores y chismorreos, que por su propia naturaleza, resultan incontrastables.

Algunos de ellos apuntan a que, contra viento y marea, habrían regresado a su tierra de origen, confiados en que, al exponer al pueblo que habían agasajado al hijo de un dios, éste haría borrón y cuenta. Tal cosa no habría sucedido, ya que, tras atestiguar varios vecinos sus indecorosos aspavientos la noche de partida, el ánimo con el que les habrían recibido podría calificarse como “poco conciliador”.

Otra teoría señala que, abochornados por lo acontecido, trataron de alejarse todo lo posible de los epicentros de sus vergüenzas, por lo que continuaron viajando hacia el Norte, dando a parar a los Países Nórdicos. Allí habrían empezado una nueva vida, adoptando nuevas identidades, y estableciendo una franquicia de distribución de regalos, cuya imagen comercial habría sido la de uno de ellos, el de la barba blanca, camuflado con un traje de esquimal rojo, cuya capucha coronaba un pompón.

Contra todo pronóstico, habrían tenido un considerable éxito en su empresa, a la que incorporaron a todo su antiguo servicio, recolocando a los pajes como elfos (tras retirarles la parte de cartílago sobrante de las orejas), y a los camellos como renos (mediante una operación más compleja).

Algunas lenguas viperinas añaden que el carpintero (sintiéndose objeto de burla tras extenderse el bulo de su mujer y el palomo), habría acompañado a los magos en este periplo, no para recolocarse como reno (que hubiera podido, según los más insidiosos), sino para establecer él también su propio negocio en tierras escandinavas, en su caso un taller de mobiliario para pobres.

Tal hipótesis se antoja descabellada, pues no parece que un negocio de semejantes características pudiera resultar viable.

Finalmente, según otras fuentes de credibilidad igualmente dudosa, los magos habrían permanecido junto a aquella familia de pordioseros, apadrinando al muchacho, al que le habrían enseñado todos sus trucos de prestidigitación (como convertir el agua en vino peleón, o caminar sobre tortugas acuáticas), gracias a los cuales habría alcanzado una notable popularidad entre sus contemporáneos.

La cosa pudiera no haber terminado del todo bien, pero esa ya es otra historia.

Sea como fuere, lo que es seguro es que este episodio dejó una huella profunda en el lenguaje, ya que de aquella expresión (“no hay vida”) que utilizara el paje (hoy  “Elfo de Los Pies Grotescos”) tras recorrer el cráter en pos de una nave imaginaria, se derivó la palabra “Noaividá”, cuya evolución etimológica dio lugar a la más eufónica “Navidá”, a la que finalmente se le añadió la “d” final (que a cualquier palabra otorga solemnidaD) para terminar resultando en “Navidad”, vocablo con el que, todavía hoy, conmemoramos el nacimiento de un niño indigente, cuya suerte quedó marcada para siempre, esa noche, por los designios de los astros.

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