A propósito de “¡que te follen!”

Fuck You

Para quien, como nosotros, tiene la suerte de ganarse la vida rebuscando en los contenedores de basura, no puede existir un momento más emocionante que aquel en el que hallamos, en una bolsa de plástico grasienta (y entremezclada con todo tipo de hediondos residuos orgánicos) una hoja de papel manuscrita que alguien (un anónimo benefactor) ha decidido romper en infinidad de minúsculos pedazos.

Y es que, cae de cajón que si alguien se ha tomado la molestia de aplicarse tan exhaustivamente en el despedazamiento de un escrito, no puede ser por razón distinta de que el mismo contiene información de todo punto relevante. Cuanto más se haya afanado el despedazador, y mayor sea el número de pedazos resultantes, tanto más excitante se torna el reto de recomponer el mensaje.

Cada vez que tal cosa nos sucede (que es con más frecuencia de la que se puedan imaginar, pero con menos de la que nos gustaría), abandonamos ipso facto cualquier otra actividad, sacamos nuestra bobina de celo (cuidadosamente conservada para tales ocasiones), nos sentamos en un banco y nos entregamos a la espeleológica tarea de solucionar el puzzle que, tan generosamente, y cual si de Piedra de la Roseta se tratase, el destino ha puesto frente a nós.

Nos consta que habrá quien quiera entender que tal conducta pudiere violentar de alguna manera la intimidad de quien (presuntamente) ha tratado de eliminar definitivamente una determinada visión de la realidad (que, al fin y al cabo, es lo que siempre, inevitablemente, contiene un pedazo de papel, incluso si está en blanco). Frente a tan mojigatas posiciones existenciales, no podemos sino que manifestar nuestro más contundente desacuerdo.

Creemos, sinceramente, que quien arroja a la basura un papel roto, está deseando en el fondo que alguien lo recomponga, como el suicida que, encaramado a un puente en mitad de la noche, en lugar de saltar, mira a uno y otro lado para ver si pasa alguien. En una sociedad enferma en la que la soledad es la peor de las enfermedades, arrojar un papel roto al contenedor es el mensaje en una botella que lanza el naufrago “a quien lo pueda encontrar”. Y en cualquier caso, si el antiguo propietario del papel pretendía efectivamente que el mensaje se perdiese para siempre (como lágrimas en la lluvia), su negligencia merecería ser castigada. Si de verdad quieres destruir un papel, préndele fuego, gilipollas.

Cierto es que, en ocasiones, el meticuloso trabajo de desencriptación necesario para saciar nuestra malsana (patológica, si quieren) curiosidad resulta, en buena medida, futil, y que las expectativas frecuentemente pueden no verse cumplidas (resulta difícil de entender por qué alguien habría de dividir en 847 pedazos la lista de la compra), pero todos los sinsabores se ven compensados cuando damos, mágicamente, con algún tipo de epístola de contenido personal, cargada de humanidad, a través de la que, de algún modo, llegamos a ser partícipes de las vidas de aquellos con quienes compartimos planeta en un lugar del tiempo y en un momento del espacio.

Tal es el caso del siguiente documento que hoy les presentamos en exclusiva:

Top-secret

Villacansina del Tedio, a 28 de Noviembre de 2014

Estimado colega académico:

Acuso recibo a su atenta carta, en la que a modo de contrarréplica a mi réplica anterior a su primera misiva, insiste en persuadirme de que vote a favor de la moción por usted promovida para que la expresión “¡que te follen!” sea incluída en la próxima edición del “Moderno Diccionario Panhispánico de Expresiones, Frases Hechas y Modismos”.

Vaya por delante que considero (siempre lo hecho) que la perseverancia constituye una de las virtudes cardinales del espíritu humano, por lo que en modo alguno podría llegar a importunarme su recalcitrante persistencia al respecto de la cuestión. No me cabe duda de que tras su contumacia no subyace otra cosa que el gusto por el buen lenguaje, que ambos compartimos.

Tampoco cuestiono que, de ser imputable a alguien la culpa de su obstinación, ese alguien habría de ser yo mismo, pues si bien fui inequívocamente explícito en mi negativa a su propuesta inicial, no fui, en cambio, lo suficientemente profuso en la exposición de sus fundamentos.

En este sentido, me gustaría aprovechar la ocasión para pedirle disculpas por responder a su carta de 18 folios (más otras 64 en anexos) con un escueto “nop” a través de whassapp.

Espero de corazón que estas líneas sirvan para redimir mi actitud desconsiderada, habida cuenta de que su empecinamiento ha terminado por causar una honda preocupación a mi familia, que me interpela ante la posibilidad de usted sea usted un psicópata obsesionado con mi persona, insinuación que me he esforzado en atajar cada vez que surge el tema.

En cualquier caso, ante la duda más o menos razonable, y sin que sirva de precedente, he decidido darle cuenta de las consideraciones (puramente linguísticas) que me llevaron a desestimar su petición, con la esperanza de poder dar por zanjado este asunto de una vez por todas, sin resquicio alguno de resquemor por ninguna de las partes.

Sin más, entro en materia.

Inequívocamente, quien profiere la expresión “¡que te follen!” está manifestando un desiderátum, una aspiración, un anhelo que, por el motivo que fuere, gustaría de ver cumplido en la persona del sujeto pasivo.

Pero eso no es todo, ya que el declarante no se limita a manifestar ese deseo, sino que hay, además, implícito, un ojalá, una suerte de invocación al devenir, un exhorto (¿a los hados? ¿al destino?) para que, efectivamente, tomen partido por esa concreta hipótesis, en la que el sujeto pasivo habría de ser follado por una pluralidad de personas en un futuro indeterminado.

Sentadas estas bases (sobre las que no cabe disenso), surge el desacuerdo a la hora de valorar el alcance de los efectos de la acción descrita por el enunciado de la declaración.

Según creo entender (buceando entre la maraña de garabatos que conforman el documento que da soporte a su moción), pretende usted que recojamos (en una nota al pie, o incluso en el propio cuerpo de la definición), la premisa de que el sentido último de la expresión es el de servir como muestra de desconsideración o reproche hacia el receptor de la misma.

Según esta tesis, estaríamos ante el caso de un desiderátum negativo, o dicho de otro modo, ante una auténtica maldición, ya que se apelaría a extrañas fuerzas sobrenaturales para que se cumplieran una serie de hechos en la persona del sujeto pasivo que son percibidos por el profiriente como un cruel e inexorable castigo.

Obsta decir que tal premisa se me antoja una completa majadería.

Y es que… ¿cómo no preguntarse (y he aquí el quid de de la cuestión) si tiene sentido que la concrección de una maldición tenga como propósito un hecho que, muy probablemente, será percibido por el receptor de la misma no ya como un gran mal, sino como un increíble bien?

¿Por qué se empeña en obviar que, para la mayoría de los seres humanos, el hecho de que alguien les folle (o pudiera llegar a follarles), lejos de constituir una amenaza constituye un anhelo vital de primer orden?

¿Pretende convencerme de que el hecho de “ser follado/a” posee unas conotaciones tan negativas que esta expresión es pertinente para agraviar a terceros/as a los/as que despreciamos e incluso odiamos?

Aceptar su tesis equivaldría a admitir que nuestra lengua no es lo suficientemente rica en insultos y términos peyorativos, al verse obligada a recurrir a expresiones confusas, lo cual es de todo punto falso, pues el español ha sido unánimemente reconocido como un referente mundial en lo que se refiere a profusión y variedad de exabruptos.

Apela usted al amplio predicamento del que la consabida acepción goza entre el populacho, hecho que yo estoy lejos de discutir. Pero, si bien soy un convencido de que el lenguaje debe estar al servicio del pueblo (y no al revés), creo que en determinadas ocasiones (y ésta es una de ellas), como académicos, no debemos avalar usos del mismo que, por muy extendidos que estén, nada aportan salvo confusión y, por lo tanto, empobrecimiento de la lengua.

En este sentido, estoy seguro (y soy partidario de realizar una encuesta con los fondos públicos de que se disponga) de que, a poco que reflexionasen sobre el particular, aquellos/as que utilizan la expresión “que te follen” en sentido denigratorio se sentirían profundamente turbados si se les revelase que nunca más iban a ser follados en el resto de sus vidas.

Introduce usted, en este punto, un nuevo debate, pues hace hincapié en la delimitación de los conceptos “follar” y “ser follado/a”, atribuyendo todo tipo de connotaciones positivas al primero y demonizando (arbitrariamente) al segundo.

De nuevo, me veo obligado a discrepar con su afirmación, pues no me parece justificable trazar una línea delimitadora clara entre ambos conceptos. Con la palabra “follar” definimos una acción recíproca que tiene lugar entre dos o más personas, por más que uno o varios de los participantes ejerza tal acción con un diferente nivel de ímpetu, adoptando eventualmente una posición que podríamos calificar como “activa” o “pasiva”, calificación coloquial que en modo alguno podemos elevar a grado de categoría.

Cosa distinta es que el acto de la cópula sea realizado no entre personas, sino entre una persona y un animal, o un vegetal, o un objeto inanimado, como podría ser el ejemplo de un mapache, un arcabuz, o una sandía a la que previamente se le hubiese practicado un orificio al efecto. En estos casos sí que cabría la posibilidad de entender que el sujeto pasivo es un mero receptor de la acción fornicadora, pero esta circunstancia no puede servir para convalidar la acepción pretendida para la expresión “¡que te follen!”, ya que se trata de sujetos desprovistos de raciocinio que en ningún caso pueden entender el alcance de la misma. No tendría ningún sentido convalidar una expresión dirigida a seres humanos con un fundamento basado en supuestos protagonizados por entes que no lo son.

En otro orden de cosas, argumenta usted con cierta condescendencia hacia mi persona (cosa que, en modo alguno llega a molestarme) que el valor semántico del “follar” a que se refiere esta concreta expresión equivaldría al no menos gráfico y sonoro “joder”, un vocablo que califica usted como sinónimo, con el que entabla un paralelismo, y cuya polisemia -añade- “está mucho más asentada en el imaginario colectivo, en su doble acepción de “acto sexual” y “causación de algún perjuicio””.

De nuevo, no puedo convenir en tal apreciación, ya que las diferencias semánticas entre “follar” y “joder” son tan evidentes que aceptar tal paralelismo significaría despreciar la infinitud de matices que delimitan ambos conceptos, pues si bien ambas nociones apuntan al acto de la cópula humana, resulta evidente que el uso de “joder” implica, por parte del hablante, una determinada visión no neutral del acto de la cópula misma que podríamos denominar animus canallescus.

Y es que la palabra “joder” nos remite a modalidades de sexo sucio, procaz, realizado con gran lubricidad. Joder es follar de manera grosera. Los ejercientes hacen dejación de cualquier ánimo que no sea la el de satisfacer, de inmediato, sus más bajos instintos.

Nada de esto sucede con la palabra “follar”. Quien afirma haber follado, se limita a declarar que ha tomado parte de una serie de actividades, sin emitir juicio alguno de valor sobre las circunstancias en las que se produjeron las mismas. “Follar” abarca una descripción de conductas muy amplia, que va desde hacer el amor en sentido romántico hasta copular aberrantemente con todo tipo de seres.

Por todo lo anterior, hemos de concluir que “follar” y “joder” no son dos especies del mismo género, sino que existe entre ambos términos una relación de género a especie, ya que “joder” no sería sino una de la muchas maneras de “follar” que existen.

Pero es que además, esta acepción del “joder” como “follar groseramente”, no es la más extendida en absoluto, siendo claramente superada en la praxis por la de “fastidiar” o “estropear” (como podemos observar claramente en los ejemplos “niño, deja de joder con la pelota” o “voy a a responder la carta del imbécil, a ver si deja de joder”), mientras que en el caso de “follar” las connotaciones sexuales abarcan prácticamente la totalidad del valor semántico del término, dejando la interpretación vilipendiosa en un insignificante limbo residual.

Refutado, pues, el argumento del paralelismo entre las expresiones “¡que te follen!” y “¡que te jodan!”, podemos ir un paso más allá y hacernos algunas preguntas, siquiera someramente, sobre los sujetos implicados en la expresión que nos ocupa.

Por una parte, está el sujeto al que se le desea que sea follado, y por otra, los/as varios/as desconocidos/as que le habrían de follar.

Poco sabemos de estos sujetos folladores más allá de que se trata, inequívocamente, de una pluralidad de personas que poseen la habilidad de follar terceros/as.

Como no existen referencias temporales en la expresión, no sabemos si la acción se perfecciona de manera diferida, de modo que esa pluralidad de personas se follen al sujeto de uno en uno, a lo largo de un determinado periodo de tiempo, o bien si estamos ante un caso en el que los folladores se follen al follado simultáneamente.

Si nos encontramos ante el primer caso, es decir, que el sujeto follado lo sea por varios folladores a lo largo del tiempo, decir “¡que te follen!” equivaldría a “te deseo una vida sexual activa en el futuro, una buena salud sexual”, lo cual nunca puede entenderse como un exabrupto, pues objetivamente se trata de un éxito biológico en términos de perpetuación de la especie.

La cópula forma parte de las necesidades fisiológicas del ser humano, por lo que desearle a alguien “que le follen” equivaldría a “ojalá haga usted de cuerpo con la debida regularidad” o “deseo que duerma usted 8 horas del tirón todas las noches”.

Pero es que además del éxito biológico, ser follado/a por varios/as folladores/as en los próximos tiempos, constituye también un éxito social en el seno de la comunidad, éxito que estaríamos deseando a nuestro peor enemigo, lo cual carece doble y triplemente de sentido.

Por otra parte, si nos encontrásemos en el segundo caso, es decir, que varios (por tanto, al menos 2) folladores se follasen simultáneamente al follado, hay que tener en cuenta que tal contingencia, lejos de ser vista por una mayoría de potenciales follados como un castigo, supondría el cumplimiento de sus más inconfesables fantasías.

No concibo mayor paradoja. Con sólo 3 palabras, y queriendo desear un mal, hemos alentado la perdurabilidad de la especie y la satisfacción de las fantasías del individuo cuya dignidad pretendíamos menoscabar.

¿Dónde está el formidable agravio ?

No puedo cerrar mi exposición sin hacer alusión, siquiera brevemente, a otra de sus declaraciones, realizada en plena orgía argumentativa (sin duda, on fire), en la que vuelve a establecer otro paralelismo, en este caso entre la consabida expresión “¡que te follen!” y la “indeleblamente arragaida” y “muy española” (según sus propias palabras) “¡que te den por el culo!” o “¡que te den por culo!”.

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Si bien mi vis cómica me tienta a fingir que he tomado en consideración su ocurrencia, lo cierto es que me veo en la penosa obligación de aguar de nuevo su particular festival de paralelismos, pues éste que ahora establece habría de operar, en cualquier caso, no en el sentido que usted propugna (dar cobertura al nuevo significante por analogía con otro preexistente), sino precisamente en el contrario (cuestionando la validez de la expresión primaria una vez descartada la de la secundaria).

Y es que, por más que exista un porcentaje de potenciales receptores de esta expresión que sí pudieran percibir la sodomía pasiva como un castigo, nada nos permite refutar que a otro porcentaje idéntico tal acción no le fuese a resultar extraordinariamente placentera. Y, dado que la sociedad evoluciona en el sentido de la normalización de las diversas conductas y tendencias en lugar de a su restricción, lo que procedería, en todo caso, sería establecer una comisión de estudio (con los fondos públicos de que se disponga) sobre la conveniencia de excluir “¡que te den por culo!” del catálogo de expresiones injuriosas, y no de incorporar “¡que te follen!” al mismo.

Llegados a este punto, doy por concluida esta comunicación, así como ésta nuestra improbable relación epistolar, no sin antes desearle con la mayor de las efusividades que le follen a usted, (cosa que sin duda contribuiría a atemperar los preocupantes desasosiegos de su espíritu), que le den por el culo (si es el caso) y rogándole que deje de joderme (en primera y principal acepción) y se centre en otros menesteres cualesquiera que no involucren en modo alguno a mi persona.

Sin otro particular, reciba un distante saludo, y que corra el aire.

Atentamente,

Un Géminis.

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3 comentarios sobre “A propósito de “¡que te follen!”

  1. Caballero, sus actualizaciones son escasas pero dignas de elogio, de encomio, de loas y vítores, y de una buena follada.
    Como ya dije en alguna ocasión, me quito el bombín y dejo mi bisoñé a su disposición.

    1. ¡Acomódese, Su Ilustrísima, ya sabe que esta es su casa!

      La constancia nunca ha sido mi fuerte… ¡qué le vamos a hacer!

      Juntar letras me satisface, pero mis obligaciones para con la holgazanería demandan de casi todo mi tiempo.

      No obstante, “puedo prometer y prometo” otra muesca antes de que acabe el año.

      No falte, que paso lista.

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