“El Origen de la Monarquía”, una Fábula Oprobiosa.

La Monarquía, al igual que todas las cosas que han sido, son y serán (a excepción del comunismo), posee un origen íntimamente vinculado a lo divino. Tanto es así que para conocer cómo surgió esta forma de organización política, debemos remitirnos a  uno de los más célebres episodios que recoge La Biblia: El Diluvio Universal.

A buen seguro, nuestros distinguidos lectores (nunca escatimantes en su entrega al estudio de las Sagradas Escrituras), podrían recitar de memoria cada uno de los versículos de la historia de Noé, quien, favorecido por un chivatazo divino, construyó un arca de proporciones colosales, donde habría de acoger a una pareja de cada una de las especies animales que poblaban la Tierra.  Mientras tanto, Dios, en un alarde de inescrutable bondad, aniquilaría de la faz del planeta cualquier forma de vida que no se hubiese refugiado en la embarcación, valiéndose para ello de una cruenta tempestad que duró cuarenta días con sus cuarenta noches.

No hay mucho que contar, a fuer de ser sinceros, sobre la actividad de Noé y su familia durante la cuarentena. Enclaustrados en una pequeña dependencia del arca (por aquello de no vivir entremezclados con los animales), el grueso de su rutina consistía, básicamente, en esperar a que dejase de llover, siendo lo más destacado de la misma, el solemne momento vespertino en el que el Patriarca extendía la palma de su mano a través de una claraboya, para retirarla a continuación, y volverse apesadumbrado hacia los suyos, meneando resignadamente la cabeza.

Sin embargo, no todo era monotonía y abulia a bordo de la nave. En el hangar principal (el que servía como refugio a los animales), no había lugar para el aburrimiento; y es que el concienzudo plan diseñado por Yavhé para preservar la diversidad biólogica había evidenciado ciertos elementos de cabosueltismo. Tanto fue así que, con todo el ajetreo asociado a la construcción de la nao y al proceso de reclutamiento de los animales, Noé había pasado por alto el pequeño detalle de hacer acopio de víveres  para alimentar a aquella marabunta zoológica durante el tiempo que hubiese de durar el confinamiento.

Esta desafortunada circunstancia había pasado inicialmente inadvertida para los propios animales, quienes, eufóricos por saberse llamados a liderar un prometedor futuro postapocalíptico, habían dedicado las primeras horas de encierro a confraternizar los unos con los otros, y a vanagloriarse de su trascendente posición ante la historia, sin preocuparse en este punto por cuestión alguna relacionada con la intendencia de la expedición.

Pero esta burbuja de armoniconvivencia no podía, desde luego, mantenerse por mucho tiempo, y aunque no está muy claro si fue el facofero o la elefanta quien pronunció primero las palabras mágicas, sí es seguro todos guardaron silencio (con la excepción, quizás, de los grillos), en el momento en que alguien preguntó: “¿Cuándo se come en esta casa?”.

La falta de respuesta provocó que el grupo tomase, súbitamente, conciencia de la gravedad de la situación, dando pie a la subsiguiente ola de pánico. Cada animal procedió a generar cuanto bullicio le fue posible, con la esperanza de llamar la atención de Noé e impelerle a solventar la cuestión del avituallamiento: rugidos, aullidos, berreos y relinchos se sucedieron, sumándose para dar lugar a un estruendo tan desapacible que, de no haber estado ya diluviando por causa de la voluntad divina, lo habría hecho, a buen seguro, a consecuencia de la estrepitosa sinfonía.

Lamentablemente, tanto esfuerzo resultó baldío; nada había que se pudiera hacer a estas alturas, pues hacía ya un buen rato que el arca surcaba un inmenso océano de agua de lluvia. Por su parte, Noé, que además de carecer de los más elementales conocimientos sobre el comportamiento animal, era poseedor de una naturaleza a todas luces poco despierta, interpretó aquel jaleo como una manifestación de temor, sí, pero no ante una eventual muerte masiva por inanición, sino ante las notables turbulencias que, a causa de la tempestad, sacudían el arca con contundencia. En otras palabras, lo que muchos de aquellos animales habían tomado por un crucero de placer hacia el amanecer de una nueva era, se había  convertido en una gigantesca barca de Caronte cuyo  único destino posible era el infierno. Los últimos representantes de la vida animal en La Tierra estaban abandonados a su suerte.

– “Basta… ¡BASTA! ¡Cesad el griterío!” – exclamó el Señor Búho –. “¡Es evidente que se ha cometido una tropelía,  pero perder la calma no nos ayudará! ¡Analicemos la situación sosegadamente!”.

– “¿¡Sosegadamente!?” – preguntó en un tono burlón el Señor Asno –. “¡No hay comida! ¡Vamos a morir! ¡VAMOS A MORIR!”.

Inmediatamente sus gritos fueron secundados por la mayoría, dando lugar a una escandalera incluso mayor que la anterior.

– “¡SILENCIO, COÑO!” -insistió el búho-.” ¡Valoremos todas las opciones antes de dejarnos llevar por la histeria! ¡Algo habrá que podamos hacer!”.

– “¡El pajarraco tiene razón!” -convino el Señor Cocodrilo-. Y haciendo un barrido general con la mirada, añadió: – “Personalmente, no creo que haya motivos para tanta preocupación…”

La inquietante cadencia con la que el voraz lagarto pronunció estas palabras produjo un nuevo tumulto.

– “¡Esa insinuación contraviene las más elementales normas de cortesía! -protestó el Señor Pingüino”.

– “Desde luego, pero la cortesía decae en el ­­­­momento en que entra en juego el apetito” – sentenció, lapidario, el Leopardo.

– “¡Zampémonos a los herbívoros!” -arengó la Comadreja.

– “¿Y por qué a nosotros, si puede saberse?” -inquirió la Jirafa.

– “¡Vosotros estáis condenados de antemano! ¡Aquí no hay hierba, ni arbustos, ni hojarasca, ni nada que os pueda servir de alimento! ¡En cambio, vuestro sacrificio servirá para que los demás pervivamos!”.

Una gran ovación sobrevino a estas palabras.

– “¡Un momento!” -interrumpió la Cebra-. “¡Somos veganos, no gilipollas! ¡Estoy dispuesta a alimentarme de mustélidos durante el tiempo que dure el encierro!”.

Buena parte de los presentes jalearon entusiásticamente esta intervención, mientras que otro importante sector la abucheó, haciendo patente su desacuerdo.

– “¡BASTA DE CHÁCHARA!” -voceó la Leona súbitamente-. “¡Tengo hambre y no estoy dispuesta a seguir tolerando este espectáculo! ¡Hagamos lo que hemos hecho siempre: actuar como depredadores y presas!¿Por qué  dar la espalda a nuestra naturaleza? ¡Sea la ley del más fuerte, y a quien Dios se la de, que San Pedro se la bendiga!”.

– “¿Quién es San Pedro?” -preguntó un suricato.

Ignorando este último comentario, el Antílope tomó la palabra:

– “Señora, ¿debo recordarle que los aquí presentes somos los últimos representantes de nuestras respectivas especies? Si ustedes, los predadores, optan por engullir a los que somos sus presas naturales… ¿qué van a comer cuando la lluvia amaine  y tengan que afrontar la era postdiluviana?” .

Todos callaron.

Y es que, se acababa de plantear una cuestión ciertamente fundamental, amén de una disyuntiva imposible, pues, si bien era cierto que los grandes carnívoros hubieran podido imponer su fuerza bruta (y saciar su apetito de manera instantánea), no lo era menos que tal decisión comprometería seriamente su futuro a largo  plazo, sin que pudieran siquiera determinar qué plazo era ese, pues nadie podía aventurar cuándo cesaría el temporal.

Por si esta situación no fuese lo suficientemente enrevesada, pronto se evidenció una profunda división entre los propios predadores. El sector más impaciente, encabezado por los cocodrilos, era partidario de comenzar a devorar presas sin más contemplaciones, limitándose a afrontar la contingencia inmediata y posponiendo cualquier consideración sobre las consecuencias para un momento ulterior.  Por su parte, los grandes cánidos, más reflexivos, preferían no atacar a presa alguna, o cuando menos, retrasar una medida tan drástica en todo lo posible, y así preservar el equilibrio de la cadena alimenticia en el nuevo orden mundial,  confiando en que  pronto dejaría de llover. Una tercera solución, defendida por los osos (expertos hibernadores) sugería la posibilidad de dejar, sencillamente, que el tiempo pasase, y que aquellos que fuesen pereciendo por desnutrición, sirviesen de alimento a los supervivientes.

Junto a estas tres propuestas iniciales surgieron todo tipo de ocurrencias extravagantes, que los distintos miembros del pasaje exponían de forma desordenada, sin que ninguna de ellas llegase a calar en una mayoría significativa.  Semejante caos, unido al hambre creciente, no podía por menos que derivar en un clima de profunda crispación, a raíz del cual llegaron a producirse ciertos conatos de hostilidad, rápidamente abortados, pero que evidenciaban que, de no atajarse la situación con premura, las consecuencias serían imprevisibles.

Afortunadamente, una propuesta de la gacela de Thomson alcanzó un importante grado de consenso entre los presentes. La idea consistía en evaluar, caso a caso, qué animales eran verdaderamente escenciales para mantener el equilibrio de la cadena alimenticia y cuáles no, y en función de las conclusiones de este análisis, actuar en consecuencia. Los buitres protestaron, argumentando que tal valoración incurriría necesariamente en el vicio de la subjetividad, pero finalmente, a propuesta de los guacamayos, se decidió llevar a cabo una Gran Asamblea horizontal y participativa, durante la cual, cada uno de los animales dispondría de un turno de palabra para exponer los motivos por los que su existencia habría de ser preservada. También se acordó, validando una moción del perezoso, que tras las exposiciones orales, se habilitaría una noche de reflexión, y a la mañana siguiente se determinaría,  de manera totalmente democrática (un bicho, un voto), quienes de entre los ponentes servirían de almuerzo a los demás.

Así fue como, en un inusitado ejercicio de democracia participativa, se sucedieron durante las horas siguientes las intervenciones de los distintos animales, en un clima de escrupuloso respeto y cordialidad. Tanto fue así que, terminadas las exposiciones, todos se felicitaron por haber participado en aquel proceso ejemplar de toma de decisiones. El hecho de haber dirimido sus controversias de manera tan civilizada les colmaba de satisfacción, y hacía que se sintieran en perfecta comunión los unos con los otros. Cierto que, a la mañana siguiente, algunos de ellos habrían de ser sacrificados, mutilados, masticados y engullidos por sus “amigüitos”, pero en ese momento, con la dopamina disparada a causa de la autocomplacencia, tales detalles carecían de importancia.  Imbuídos por tan positivas sensaciones, optaron, mayoritariamente, por descansar, a la espera de la votación que tendría lugar por la mañana.

Sin embargo, en su fuero interno, no todos estaban satisfechos con la solución adoptada. Sin ir más lejos, el Señor Chimpancé no podía dejar de dar vueltas a lo que allí estaba ocurriendo. Sentía que no había estado particularmente lúcido en su intervención ante la Asamblea, quizás porque los nervios le habían jugado una mala pasada, y su exposición se había convertido en una sucesión de monerías. Además, intuía que no gozaba de una especial popularidad en el seno del faunerío; por una parte, sus similitudes anatómicas  y conductuales con el ser humano despertaban, desde antiguo, todo tipo de suspicacias; por otra, él mismo había contribuído a agravar las mismas, mostrando, desde siempre, una desmesurada arrogancia que le llevaba a jactarse frente al resto de su intelecto superior y sus muchas habilidades motrices.

Estas circunstancias, unidas a su posición un tanto desdibujada en la cadena alimenticia, incrementaban notablemente la zozobra que le corroía. ¿Y si la votación determinaba que había de convertirse en el desayuno de aquella manada de necios? Al Señor Chimpancé le importaba una mierda aquella pantomima de la democracia. Su única preocupación era salvar su propio pellejo, y en modo alguno estaba dispuesto a acatar la decisión de un atajo de alimañas pseudomarxistas carentes de dedo prensil. Así que, en lugar de echarse a reflexionar, decidió aprovechar la noche para llevar a cabo una actividad que estimó más productiva: conspirar.

Su primera idea para sabotear el referéndum fue tratar de ganarse el favor (y, de paso, la protección) del animal más fuerte. Así, mientras el grueso de la manada descansaba, despertó sigilosamente al Tiranosaurio, e intentó hacerle dudar de la supuesta pureza democrática de aquel sistema del que se habían provisto, y convencerle de que la votación se decidiría no por criterios de utilidad a la cadena alimenticia, sino por otros mucho más espurios:

–        “Ten presente, amigo mío, que eres una víctima propiciatoria, ya que muchos animales, qué digo muchos, la inmensa mayoría, te temen y te consideran una amenaza, y aprovecharán la coyuntura de la votación para deshacerse de un enemigo ancestral al que de ninguna otra manera podrían derrotar. Hay un complot contra ti, Rex, y tenemos que pararlo. Y solo tú tienes la fuerza para poder hacerlo”.

Sin embargo, el Gran Lagarto no se dejó engatusar:

–        “Agradezco tu preocupación amigo, pero mal haríamos en construir la nueva era a la que hemos sido llamados sobre los cimientos de la suspicacia. No podemos pasarnos la vida desconfiando los unos de los otros. Tenemos una buena oportunidad para empezar de cero y comportarnos como criaturas civilizadas. No seré yo el que rompa el consenso democrático. Y si el resultado de la votación no me favorece, lo aceptaré en aras de una causa justa y más trascendente que yo mismo: un mundo mejor”.

Ante la incorruptibilidad del saurio, el  Chimpancé decidió cambiar de estrategia, y formó un discreto corrillo con el señor Escorpión, la Tarántula y el Crótalo:

–        “Amigos, acabo de hablar con el dinosaurio y tengo que deciros que no tiene la mínima intención de acatar la decisión del Pleno en caso de que le perjudique. Sospecho que él, y otras grandes bestias, ven la votación como una excusa para legitimar su predominio en caso de que les sea favorable, mientras que, si no es así, impondrán su fuerza bruta sin más contemplaciones. Creo que deberíamos hacer algo al respecto”.

Las malas artes del mono sí que calaron en su audiencia en esta ocasión. Y mucho. Tanto que, en una vergonzante maniobra ejecutada con nocturnidad, alevosía y gran sigilo, las tres alimañas inocularon simultáneamente sus venenos  en el cuerpo del Tiranosaurio, (que se había dormido de nuevo), provocándole una muerte tan dulce como inmediata.

Observando el cadáver del Gigante Verde, se preguntaron si quizás la situación se les había ido de las manos. ¿Cómo reaccionaría la manada cuando por la mañana se encontrasen aquel descomunal lagarto yaciendo inerte en medio del hangar? La respuesta era sencilla: con inmensa indignación. No podía ser de otra manera, tras el baño de democracia y buena voluntad de la jornada anterior.

Así, cuando amaneció,y tras los instantes iniciales de sorpresa, rápidamente se alzaron múltiples pezuñas acusadoras apuntando a quienes, efectivamente, habían sido los ejecutores materiales del execrable crimen. Ellos trataron de sacudirse la responsabilidad, argumentando que habían sido meras marionetas, y que el autor intelectual de la matanza no se hallaba en desiertos remotos ni en montañas lejanas:

–        “¡El Chimpancé nos manipuló!”.

La marabunta, enfurecida, acorraló al mico, en una actitud que parecía conducir, inevitablemente, a un linchamiento.

–        “¡Alejaos de mí, ingratos! ¿Así es como correspondéis mi generosidad para con el grupo? ¿De verdad creéis que merece la pena enfrentarse por la muerte de un notable asesino como era el Tiranosaurio? ¿No os dáis cuenta de que, gracias a la carne de este fiambre gigantesco podremos alimentarnos durante todo el tiempo que sea necesario y olvidarnos de esa ridícula votación? ¡Yo os he salvado! ¿Así es como me lo agradecéis?”.

Muchos dieron un paso atrás ante el discurso del mono.

–        “Todo eso está muy bien, pero… ¿qué hay de los valores democráticos?” – preguntó la mofeta.

Se hizo un clamoroso silencio. Todos los ojos se clavaron en el Señor Chimpancé, exigiendo una respuesta. Al fin y al cabo, ¿quién era él para saltarse la resolución de la Asamblea, que tanto había costado consensuar? ¿Qué legitimidad podía esgrimir para desoir la voluntad del grupo, llevándose por delante la vida de uno de los suyos? Fueron unos instantes de tensión insoportable.

Sabiéndose acorralado, el mico bajó la mirada muy, muy despacio, al tiempo que sus ojos comenzaban a brillar y su barbilla se arrugaba. Lentamente, en un gesto cargado de vergüenza y oprobio, comenzó a girar sobre sus talones hasta dar completamente la espalda al grupo. Después flexionó ligeramente las rodillas e inclinó la cerviz hacia adelante, como humillándose, mientras elevaba las posaderas cuanto le era posible, hasta describir un escorzo que bien podríamos describir, como “culo en pompa”, en lo que parecía una clara invitación a patearle el trasero.

–        ¿¡Qué hay de los valores democráticos!? – repitió, inquisitiva, la mofeta.

Entonces el mono, sin alterar un ápice la posición de su cuerpo, giró la cabeza hacia sus compañeros, pero lejos de mostrar la expresión grave de hacía un momento, su semblante componía ahora una mueca inequívocamente burlesca, con los ojos muy abiertos y la lengua fuera de la boca moviéndose alternativamente a un lado y al otro, al tiempo que emitía toda suerte de chillidos (tras los que se podía adivinar una grotesca carcajada),  y se abofeteaba ruidosamente las nalgas con las palmas de las manos. Apenas cesó un instante de chillar para emitir, voz en grito, la que resultó única frase inteligible  del sorprendente ritual: “¡Chúpate esta, democracia!”. Y, acto seguido, continuó escenificando la bufonada de manera aún más ostensible, con más risotadas y palmadas en el trasero.

Esta insólita actitud causó un gran estupor entre los presentes, sin que nadie osase sugerir una manera de proceder. Todos permanecieron inmóviles hasta que la Señora Hiena no aguantó más y comenzó a reirse ante el espectáculo que estaba brindando el primate. En un primer momento era una tímida sonrisilla, pero poco a poco fue a más, hasta derivar en sonora carcajada con retortijones y espasmos. Y es que, al margen de cualquier consideración, había que reconocer que aquel mono tenía gracia. El muy jodido.

El ataque de risa se propagó rápidamente entre los animales, mientras el chimpancé, viendo su jocosidad retroalimentada, ponía cade vez más énfasis en la ejecución de su número, aderezándolo ahora con todo tipo de brincos y acrobacias. La audiencia, incondicionalmente entregada, comezó a jalear sus piruetas, olvidando el desaire que se le había infligido a la voluntad popular. Y es que… ¡qué demonios!, solventada la problemática del abastecimiento… ¿a quién podían importarle las menudencias procedimentales?

Cuando finalmente dio por terminado el show, sobrevino una ovación. Tanta fue la complacencia que despertó su actuación, que, en ese mismo instante, se proclamó por aclamación al mono “rey de todos los animales”, por haber provisto de comida a la manada y, por haberles hecho olvidar sus miserias con aquel espectáculo ridículo pero efectista. Se cree que este episodio constituyó la primera manifestación histórica del paradigma “pan y circo” como receta infalible para amansar muchedumbres soliviantadas.

Por lo demás, la historia es bien conocida: a los cuarenta días dejó de llover, y todos los animales volvieron a sus lugares de origen. Todos menos los dinosaurios, claro, abocados a la extinción con la muerte del Rex. Pese a ello, el ecosistema se mantuvo en un cierto “equilibrio” que perdura, a duras penas, en nuestros días.

Y aunque es cierto que el chimpancé (a quien la sola idea de asumir permanentemente las responsabilidades  de la regencia causaba una gran desafección), abdicó  en el león en cuanto cesó el diluvio, su memoria y la de este singular episodio quedaron para siempre consagradas en la etimología de la palabra “monarca”, composición lingüística de los vocablos “mono” y “arca”, de la que a su vez se derivó el término “monarquía”, con el que todavía hoy designamos a esa forma de gobierno en la que un individuo ostenta autoridad sobre sus semejantes como consecuencia de maquinaciones, intrigas y confabulaciones acaecidas en tiempos ancestrales, al margen de cualquier consideración democrática, e independientemente de que el individuo en cuestión posea la aptitud de un mono de feria.

Hay que añadir que, por haber sido preservados tan solo dos individuos de cada especie, la endogamia y el incesto hubieron de ser, por fuerza, los usos que rigieron las relaciones familiares durante las siguientes generaciones, llegándose a teorizar profusamente sobre las bondades de la uniformidad genética para con la capacitación intelectual. No es de extrañar, a la luz de tales cavilaciones, que se decidiese vincular la ostentación de la dignidad regia al linaje, siendo este más valorado cuantos más cruces entre tíos, primos, sobrinos y hermanos incluyese su genealogía, circunstancia que ha perdurado hasta nuestros días, dejando una huella indeleble en la morfología facial de algunos de los más ilustres miembros de la Realeza y el Infantazgo.

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13 comentarios sobre ““El Origen de la Monarquía”, una Fábula Oprobiosa.

  1. Brillante, pardiez. Hace usted gala de un ingenio y una pluma superlativos.
    Supongo que el tema de la pericia de los monarcas con las armas de fuego será tratado en otra ocasión, ahora que, desvelado su origen, queda analizar su historia y las consecuencias de la endogamia.
    Mil felicitaciones.

    1. ¡Usted siempre tan cortés! ¡Muchas gracias, amigo! Y, por cierto, el “oprobiosa” del título vino inspirado por uno de sus artículos, así que sea doble la ración de agradecimiento.

  2. yo me pregunto con tanto talento no hay nadie que le de un buen enpujon pa darse a conocer,y lo del enpujon es pa delante no sean mal pensados que este señor lo dudo vale mucho .esa ironia y esa sensatez en encontrar la verdad te hacen unico felicidades

  3. Me he encontrado casualmente con este blog y me ha encantado la fábula. Creo que tienes un talento que debería ser conocido por más gente. En la medida de mis posibilidades, que es compartiendo en facebook, con tu permiso voy a darte a conocer a mis contactos. Felicidades!!

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